24M Tamburrini: el arquero que nunca necesitó volver, porque nunca se marchó

Claudio Tamburrini (Ciudadela, 1955) es ex arquero surgido de las divisiones inferiores del Club Almagro, filósofo y escritor. El 23 de noviembre de 1977 fue secuestrado por un grupo de tareas y llevado al centro clandestino Mansión Seré, de donde logró fugarse en un hecho excepcional. Exiliado en Suecia, continuó su formación académica y desarrolló una destacada carrera intelectual, sin abandonar nunca su vínculo con el fútbol. Autor del libro Pase libre: la fuga de la Mansión Seré -que inspiró la película Crónica de una fuga-, su historia se convirtió en un testimonio clave sobre el terrorismo de Estado en Argentina. A 50 años del golpe, su voz sigue siendo fundamental para pensar la memoria, la justicia y el compromiso social dentro y fuera de la cancha. 

 

Por eso, desde el club realizamos una entrevista con el fin de reconstruir su historia haciendo hincapié en el entretejido de fútbol y política que atravesó y atraviesa toda su vida. Porque más allá de ser ese jóven que soñaba con un mundo mejor en los ‘70, también era un arquero que soñaba con “salir campeón y ascender a Primera División con Almagro y luego jugar en Europa.” Sus deseos futbolísticos se vieron interrumpidos por la violencia estatal -aunque se permitió fundar un club en Suecia hace más de 30 años donde sigue jugando en la categoría aficionados-; pero también tenía por meta dedicarse a la filosofía, carrera de la cual finalmente logró recibirse en Europa y le permitió acceder a oportunidades que destaca como muy favorables. En palabras del arquero, “la vida, a veces, compensa. Así fue en mi caso”.

 

El campeonato de 1976 había sido muy favorable para Almagro. De hecho, según Tamburrini, aspiraban a lograr el ascenso porque tenía un plantel competitivo y el club era institucionalmente respetado tanto por su desempeño futbolístico como por la actividad con la masa societaria en la sede del barrio Almagro. Pero aquellos años, con el inicio de la dictadura cívico militar, también fueron oscuros para quienes no compartían los ideales de la Junta Militar. Tal fue el caso de Claudio Tamburrini, quien al ser secuestrado en noviembre de 1977, confiesa que inicialmente adoptó una postura ingenua. 

 

“Pensé que, o bien se trataba de un malentendido, o que sería un trámite menor que quedaría resuelto en unas pocas horas. No relacioné la envergadura del operativo con la seriedad de la cuestión. Fui, en otras palabras, ingenuo. La ingenuidad fue un elemento de mi conducta que se reflejó en reiteradas oportunidades durante mi cautiverio, hasta que me convertí, con el paso del tiempo, en un prisionero astuto y experimentado que, junto con otros prisioneros, supo encontrar la fisura en el establecimiento donde estábamos y fugarnos”, aseguró Tamburrini en conversación con el Club Almagro. 

 

Frente a la pregunta por esos meses de cautiverio, el arquero asegura que, de tener la oportunidad de hacerlo, le diría a sus compañeros/as “que serán siempre recordados con dolor y solidaridad, y que su anhelo de una sociedad y un mundo más justo sigue vigente y es el punto alrededor del cual todavía gira el accionar de mucha gente. Pero sobre todo les aseguraría que jamás dejaremos de bregar para que sus restos puedan ser encontrados y honrados por sus familiares con una sepultura y un lugar donde dejar una flor y honrar su memoria”. 

 

La sensibilidad de aquel arquero de veintitantos años no logró ser apagada. Por el contrario, su compromiso y empatía se reforzaron con los años, lo cual lo condujo a realizar un agudo análisis de la justicia argentina, y a reclamar por un “modelo de negociación penal con los imputados en el momento en que se reanudaron los procesos en 2006, ofreciendo reducciones de pena a cambio de información sobre el paradero final de los desaparecidos y la identidad de los bebés apropiados. El tiempo apremia, los militares implicados que poseen información de interés son cada vez menos. Insistir en infligir penas severas sin siquiera intentar quebrar el pacto de silencio de los inculpados otorga a los represores la única victoria, limitada pero victoria al fin, que les queda: guardar silencio.”

En ese sentido, Tamburrini no elude una mirada crítica sobre la democracia recuperada: advierte que aún persiste una deuda con los desaparecidos y sus familias, especialmente en relación con el derecho a conocer el destino final de las víctimas y a restituir identidades apropiadas. Su reflexión es incómoda y, justamente por eso, necesaria: interpela los límites de las políticas de memoria y justicia en la Argentina contemporánea, y el rol del fútbol durante la dictadura.

Fútbol y dictadura 

 

En esta línea, resulta clave preguntarse por el rol de Almagro y la AFA durante su cautiverio. Al respecto, el arquero asegura que nunca pudo saber si el club se enteró de su secuestro, dado que ocurrió a fines del torneo y nadie notó su ausencia en los entrenamientos de manera inmediata porque se encontraban en el receso estival. Recién años más tarde, de regreso en Argentina tras su fuga y posterior exilio a Suecia, recibió la visita de un ex compañero de plantel a quien pudo contarle todo lo vivido a finales de 1977 y comienzos de 1978. En cuanto al rol de las organizaciones futbolísticas, agregó “no tengo tampoco ningún conocimiento de gestión o acción alguna realizada por AFA o por Futbolistas Argentinos Agremiados, organización de la que era miembro en el momento de mi secuestro”.

 

Una vez más, fútbol y política jugaban una pulseada en la vida del arquero. Su secuestro, lejos de doblegarlo, reafirmó su vínculo con el deporte y lo convirtió en lo que él define como el hilo conductor de su vida. En palabras de Tamburrini, éste estuvo presente desde su infancia, cuando se formó en las canchas de su barrio (Ciudadela); y poco a poco se convirtió en su modelo ético. De acuerdo con su mirada, “en el fútbol se aprende a trabajar en conjunto en aras de un proyecto común, se incorporan valores y actitudes éticas -ponerse al servicio del grupo, como los demás jugadores lo hacen-, esforzarse por conseguir un objetivo, aceptar con dignidad cuando no se logra conseguirlo y continuar trabajando con renovado esfuerzo y motivación para poder lograrlo la próxima vez, respetar a los adversarios y verlos como tales pero jamás como enemigos”.

 

Fiel a su otro amor, la filosofía, el arquero sostiene que aprendió esto de Albert Camus, quien además de escritor también habría sido arquero en su juventud y afirmaba haber aprendido del deporte todo lo que sabía de moral, responsabilidad y solidaridad. Además, Tamburrini también adoptó del filósofo su mirada respecto a la pelota, la cual nunca se sabe a dónde irá y generalmente no llega a donde uno espera. Desde esta perspectiva, Tamburrini traza un paralelismo con su vida al afirmar: “en mi caso, mi secuestro en Mansión Seré fue un tiro al arco inesperado. Pero, por fortuna, lo atajé”.

 

Es importante recordar que su interés por la filosofía no quedaba fuera de la cancha cuando fue arquero de Almagro. De hecho, ante la pregunta por una anécdota de Francisco Romano -Romanito- quien aseguraba recordar a Tamburrini como un flaco que siempre llegaba al bufete del club cargado de libros y hablaba de filosofía; el arquero no duda en confirmar esa versión. Pese a no recordar un intercambio sobre estos temas específicamente con este histórico hincha tricolor, sí fue enfático al pensar que seguramente “entre plato y plato que servía en la mesa, aguzaba el oído para escuchar nuestras conversaciones. Y, sí, puede muy bien haber sucedido que, aún en la previa de un partido, fastidiara a mis compañeros hablando de filosofía. Espero que al menos les haya servido para distenderse un poco antes de salir a la cancha.” Y bromea, “habría que preguntarles, ¿no?”.

 

La filosofía, el fútbol y la política, esos pilares de la vida de Tamburrini siguen presentes en su vida: lo definen, lo forman, lo engrandecen. Porque si bien confiesa que se fueron matizando con el tiempo, también se agranda bajo los tres palos al sostener que su vida actual sigue animada por los mismos principios que tenía cuando defendía la valla de  Almagro. De hecho, frente a la pregunta acerca de cómo le gustaría ser recordado en el club, no titubea: “quisiera ser recordado como el arquero que nunca necesitó volver, porque nunca se marchó – en espíritu – de la cancha de José Ingenieros. Y que siempre soñará con volver a estar bajo los tres palos de Almagro”.

La mirada siempre al frente 

La preocupación que lo aquejaba durante los primeros días de su cautiverio, no poder volver a tiempo a los entrenamientos o que el club lo dejara libre -lo cual pretendió reflejar en el nombre de su novela: Pase Libre-, también se hace evidente en su mirada sobre el presente y el futuro en términos futbolísticos y políticos. 

Respecto al futuro, le preocupa que los/as jóvenes que aspiran a dedicarse al deporte y, específicamente sueñan con ser arqueros/as, lo hagan porque realmente los hace felices y no persiguiendo beneficios materiales como fama o dinero. Además, “ les diría también que tengan la valentía de cambiar de actividad o de vocación cuando sientan que así quieren hacerlo. Hace unos diez años, dejé el fútbol porque sentí que deseaba hacer otras cosas; lo mismo pasó con la filosofía, de la que me retiré un par de años después. Hoy, escribo literatura, guiones cinematográficos y libretos operísticos. Tengo, incluso, proyectos concretos bastante avanzados, además de mi participación en obras teatrales como dramaturgo. Nunca es tarde para, al menos, intentar hacer lo que a uno le gusta. Ser fiel a uno mismo, vivir se trata de eso.”

Y si de cambiar y buscar siempre otro modo se trata, es preciso mencionar que el arquero considera que la oportunidad histórica de transformación de la sociedad que se dió en la década del 70 se vio frustrada, y no cuenta con raíces sólidas en el presente ni en el futuro inmediato. Porque, desde su perspectiva, el retroceso de la escena mundial y el deterioro de las democracias requiere de tiempo y esfuerzo para ser recompuesto. Pero, lejos de desalentarse y fiel a su raíz futbolera, Tamburrini también agrega: “Así es la realidad: una pelota que nunca se sabe de dónde viene ni hacia donde se dispara, como diría Camus. Lo único que nos queda, es seguir jugando el partido lo mejor que podamos”. 

A cinco décadas del golpe, su voz sigue siendo una invitación a comprometerse con la Memoria, la Verdad y la Justicia. Su historia como el arquero inocente, el jóven idealista estudiante de filosofía, el pibe que le atajó el penal más importante de su vida a los milicos, invita a reflexionar sobre una enseñanza profunda: no hay proyecto deportivo ni profesional que pueda desligarse de la realidad social.

Por ende, en tiempos donde la memoria es objeto de disputa, recuperar la historia de Claudio Tamburrini es también defender un proyecto de club que excede los límites deportivos e invita a ser faro para la construcción de vínculos sociales más justos e igualitarios desde el fútbol.  

Porque hay historias que no se archivan, y hay atajadas que no se olvidan, nos permitimos afirmar: Claudio Tamburrini, las puertas del club y el arco local de José Ingenieros estarán siempre abiertas para tu magia.

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